
Viernes, 2 de Julio de 2010
Desde el balcón
Mi amiga Pepita, con 87 años y una artrosis que le impide salir a la calle desde su piso sin ascensor, tiene la fortuna de poseer un balcón desde el que ve pasar la vida. Cuenta los coches y los transúntes que pasan ante su portal. Y tiene otro balcón que le permite estar al tanto de lo que ocurre en el mundo: su televisor.
Ella, una persona culta e inteligente, me tiene al tanto de las noticias, con su lúcido análisis incluido, y se sorprende de que yo esté menos informada que ella. El valor de la televisión para los ancianos actuales es enorme, sobre todo cuando ya están impedidos físicamente porque, si no tuvieran esa fuente de estímulo y contacto con la realidad diaria, se irían enclaustrando en sí mismos y caerían en la tristeza del aislamiento.
Pues bien, una vez llegada a nuestros hogares la televisión digital terrestre (TDT), Pepita ha visto reducido paulatinamente su acceso a los canales de televisión de que siempre disfrutó porque "hoy salen todos en negro", "hoy tengo varios pixelados", "hoy, es que no veo ninguno", y así siempre. Todos estamos sufriendo este atropello de la TDT pero los ancianos sin familia lo tienen mucho peor porque les es muy difícil encontrar a alguien que no esté a toda prisa yendo y viniendo por la vida de locos que todos llevamos y que encuentre un rato para dedicarlo a intentar mejorar la imagen de su televisor. Así que Pepita ya casi ha perdido uno de sus dos balcones.
¿Cómo seremos tan necios los humanos? Hemos creado un mundo lleno de dificultades, tan complejo y difícil de gestionar que cuando seamos mayores perderemos nuestra autonomía y reduciremos drásticamente nuestra interrelación con la realidad que nos rodea. Como vivir encerrados en un piso interior.


